Cuando una mujer decide entrar a un certamen de belleza, pocas veces lo hace únicamente por una corona. Detrás de cada participante existe una historia, una inseguridad que quiere transformar, un sueño que busca cumplir o incluso un proyecto que quiere llevar más lejos. Antes de subir a un escenario, muchas de las concursantes ya se han preguntado: ¿para qué quiero esta corona?, ¿qué quiero hacer con ella?, ¿qué puedo aportar desde este espacio?
Para mí, esa pregunta siempre fue importante.
Cuando tuve la oportunidad de ganar y representar a la Ciudad de México, sabía que aquella corona significaba mucho más que un título. Detrás de ella estaba mi deseo de representar y dar a conocer la riqueza de México, pero también algo que siempre me ha movido: ayudar a los demás, especialmente a niñas y niños, y utilizar los espacios que se me abrieran para generar algo positivo.
Durante el año de reinado existe una sensación difícil de explicar. Hay cámaras, eventos, invitaciones, personas que quieren escucharte y muchas oportunidades para colaborar. De pronto sientes que tienes una gran responsabilidad, pero también una gran herramienta en las manos. Una corona puede darte visibilidad, contactos y una voz que quizá antes no tenías.
Y entonces llega el momento de entregarla.
Las cámaras dejan de estar tan presentes. Las invitaciones disminuyen. Ya no eres aquella reina que todos reconocen inmediatamente. Y ahí comienza una etapa que, para mí, ha sido mucho más importante que el propio concurso: descubrir qué queda de ti cuando ya no llevas la corona.
Porque es fácil trabajar por un proyecto cuando tienes un título que te abre puertas. Lo verdaderamente importante es preguntarte qué haces cuando esas puertas ya no se abren con la misma facilidad.


En mi caso, decidí seguir buscando espacios para servir y compartir lo que había aprendido. Así nació mi Academia de Empoderamiento Femenino, un proyecto que comenzó con la intención de ayudar a otras mujeres a reconocer sus capacidades, confiar en sí mismas y sentirse preparadas para ocupar nuevos espacios.
Hoy quiero que ese proyecto siga creciendo y abra sus puertas a todas y todos, porque el empoderamiento no debería estar limitado a un género ni a un grupo específico. Quiero que, especialmente en Iztapalapa, cualquier persona pueda descubrir su valor, conocer sus capacidades, defender sus derechos y reconocer que también merece ocupar espacios.
Una corona puede brindarte herramientas para sentirte poderosa, pero no es la corona la que determina lo que puedes hacer con ellas.
Al final, los títulos pasan. Las fotografías se quedan en el recuerdo y los reflectores se apagan. Lo que realmente permanece es aquello que decidiste hacer con todo lo que aprendiste.
Porque, para mí, el verdadero reto del modelaje no fue ganar una corona.
Fue descubrir qué hacer después de ella.


Frania Olguín
Líder Juvenil.
Estudiante de Ciencias Políticas.
Agente de Cambio Social con una visión clara de incidir en la construcción de políticas públicas.
Whatsapp: 55 7288 0654



