Dudas que cambian.
Mi primer contacto con la meditación fue cuando leí el libro “Comer, rezar, amar”, de Elizabeth Gilbert, la historia de una chica que busca recuperar su equilibrio y volver a ser feliz después de su divorcio. Así que decide emprender un viaje que la lleva a Italia, la India e Indonesia. Justamente se va a un ashram a meditar hasta que finalmente llega al último paso del yoga: samadhi, o nirvana. Cuando alguien llega a este estado, se libera del ego, la ruptura del personaje. Dejas de ser alguien y te conviertes en el todo. Estás conectado a cada animal, persona y ser, y te das cuenta de que no eres nada, pero a la vez lo eres todo. Jamás lo había escuchado. ¿Cómo era posible la disolución del ego? Todos mis problemas en ese momento tenían que ver justamente con la idealización de mi personaje y con un ego bastante fuerte.
Fue entonces cuando decidí visitar un año la India y lo más curioso era que no sólo se hablaba de ello entre yoguis, meditadores y gurús. También encontraba historias de personas que trabajaban profundamente con la respiración, como algunos buzos; y de chamanes, dentro de distintas cosmovisiones que hablaban de experiencias similares. Lo más interesante es que todos parecían llegar al mismo lugar. A la misma conclusión.
Mil preguntas pasaron por mi mente. Vivimos en automático y con tanto ruido externo —música, podcasts, películas, libros, familia, amigos— que pocas veces nos detenemos a observarnos. Cuando realmente estás en silencio, pasando tiempo contigo, comienzas a notar de qué forma llegan tus pensamientos, qué emociones aparecen con más frecuencia y qué tanto te conoces realmente.
Fue bastante complejo pasar tanto tiempo conmigo después de no haberlo hecho nunca literalmente, la enseñanza de mi gurú era:

La mente es como el corazón, su trabajo nunca para. No le puedes decir a tu corazón “deja de latir tres minutos”, Tampoco le puedes decir a tu mente “deja de pensar durante una hora”. Lo que sí puedes hacer es enfocar tu mente. Puedes enfocarla en tu respiración, en alguna sensación del cuerpo, en un mantra o frase que pronuncies, en la posición de tus dedos —un mudra.
Alguna vez escuché a mi maestro decir que imaginara que estaba a un lado de la carretera y veía pasar los carros, que esos carros eran mis pensamientos. Pero no me subía a ninguno de ellos. Solo los observaba pasar. Porque sí, llegan pensamientos. Muchos. Los más naturales. “Me duele la rodilla”. “Qué sueño tengo”.“Ya me aburrí”.“¿Cuánto tiempo faltará?” “¿Por qué decidí venir tan lejos a algo tan aburrido?” “Debería concentrarme más, tal vez así logre lo que vine a buscar”. Pasé horas y horas meditando. Al principio me frustraba muchísimo y comenzaba a faltar a algunas meditaciones. Para mí era un logro meditar cuatro horas. Después logré cinco. Una hora más. ¿Qué se sentirá? Luego seis. Después siete. Hasta llegar a ocho horas de meditación a lo largo del día.

Leí mucho acerca de la meditación y nunca imaginé toda su plenitud. Primero que nada, bajó mi estrés. Dejé de estar a la defensiva y sentía una calma maravillosa cuando terminaba de meditar. Las cosas se volvían más lentas, con más presencia y con más conciencia. Realizaba mis actividades diarias de otra forma: caminar, comer, lavarme los dientes, bañarme. Mis meditaciones consistían en saltar, gritar, llorar, bailar, respirar de formas muy curiosas, realizar movimientos diversos pero repetitivos y, por supuesto, simplemente sentarme a observar la mente. Poco a poco comencé a notar cambios físicos. Mi dermatitis se detuvo por completo. Mi digestión era excelente. No tenía hambre excesiva. Más bien sentía que mi cuerpo me pedía comer poco y que surgían antojos de comida nutritiva, justo de acuerdo con lo que necesitaba. Mi miedo, ese que me detenía para tantas cosas, comenzó a desaparecer.


Una de mis meditaciones favoritas fue la de la risa. Lo único que tenía que hacer durante tres horas sin parar era reír. Simplemente reír. No tienes idea de la medicina que puede ser algo tan sencillo. Me reí de todo. Primero de las cosas chistosas. Pero después también de las que no son chistosas. De las cosas difíciles. Me di cuenta de que a veces soy muy dura conmigo misma y de que me tomaba la vida demasiado en serio. Empezaron así otras dudas ¿Por qué tanto miedo a equivocarse si todos nos equivocamos? ¿Por qué tanto miedo a la imperfección si nadie es perfecto? En algún momento conecté con mi niña interior, con esa versión de mí que podía reír de forma natural, permitirse hacer tonterías, caer en el ridículo y reírse de sí misma. Fue tan sanador que realmente comencé a disfrutar más la vida. Mi estado de ánimo cambió. Me hice más emocional. Todo se sentía completamente intenso. Y cuando digo todo, es todo. El miedo. El amor. La tristeza. La felicidad. La tranquilidad. Entonces, automáticamente, llega la gratitud. Llegan esas emociones que te recuerdan que estar vivo es increíble y que nada depende realmente de lo que esté afuera.

Empecé a ser feliz con las cosas más sencillas. Con descubrir una planta, la belleza de los pavos reales. Con ver la forma en que se movía el agua, disfrutar profundamente una comida. Lentamente, comprendí la enseñanza más grande que recibí estando allá. Me di cuenta de que la respuesta estaba en mí. Nunca había estado allá afuera. Había viajado tan lejos para encontrar algo, pero esa respuesta siempre fui yo. Así que hoy, que estás en tu casa pensando que tal vez necesitas algo más, o creyendo que cuando logres esa gran meta finalmente vas a ser feliz, quiero decirte algo:
No es cierto. Ya lo tienes. Ya está dentro de ti. Y lo único que necesitas es respirar y regresar a estar en presencia. Cada camino es diferente y cada persona encontrará respuestas distintas. Por eso quiero terminar con algo que un día mi maestro me dijo y que sigo guardando conmigo hasta hoy:


Lic. Andrea Gómez
Instructora de yoga y meditación, facilitadora de ceremonias holísticas.
Creadora de las agendas de sanación Apapachamanita.
Colaboradora en Mujer Consciente.



