La mujer que inspira al hombre a ser mejor

“Y dijo el Eterno Dios: No es bueno que el hombre esté solo; le haré una ayuda frente a él.”

Bereshit (Génesis 2:18)

Desde el principio de la creación, Dios dejó claro que el hombre no fue diseñado para caminar solo. No porque fuera incompleto, sino porque había preparado para él a alguien capaz de acompañarlo, fortalecerlo y mostrarle una perspectiva diferente de la vida.

En hebreo, esa mujer recibe un nombre maravilloso: Ezer Kenegdó.

Ezer significa ayuda, auxilio, fortaleza.

Kenegdó significa “frente a él”, “a su misma altura”, “cara a cara”.

No habla de una mujer detrás del hombre, ni debajo de él. Habla de una mujer con la capacidad de mirarlo de frente, conocer su corazón y ayudarlo a crecer.

Los sabios de Israel enseñan que, cuando un hombre camina correctamente, ella se convierte en su mayor apoyo. Pero cuando pierde el rumbo, ella también tiene la valentía de hacerle ver aquello que necesita corregir.

No para juzgarlo.

No para competir con él.

Mucho menos para controlarlo.

Sino porque el verdadero amor también sabe decir la verdad con sabiduría.

Quizá él crea que está siendo un excelente padre, mientras uno de sus hijos se siente ignorado.

Tal vez piense que es justo en su trabajo, pero en casa responde con dureza.

Quizá ame profundamente a su familia, pero sin darse cuenta no ha aprendido a valorar a la familia de ella.

O simplemente olvide un pequeño gesto de generosidad, como agradecer o reconocer el trabajo de quienes lo sirven.


Porque una esposa sabia no busca tener la razón; busca construir una relación donde ambos crezcan.

La mujer posee una sensibilidad extraordinaria para percibir lo que muchas veces pasa desapercibido. Dios le dio la capacidad de cuidar el ambiente de su hogar, de percibir emociones, de fomentar la unidad y de sembrar paz donde podría existir conflicto.

Sin embargo, esa influencia alcanza su mayor belleza cuando está acompañada de prudencia, respeto y amor.

No desde el reclamo constante.

No desde los celos.

No desde el deseo de controlar.

Sino desde la inteligencia emocional y la sabiduría que edifica.

Cuando un hombre aprende a escuchar a su esposa y una mujer aprende a hablar con amor, sucede algo extraordinario: dejan de ser dos personas defendiendo su punto de vista y se convierten en un mismo equipo creciendo juntos.

Ese fue el diseño de Dios desde Bereshit.

No una competencia.

No una lucha por quién manda.

Sino dos personas que se ayudan mutuamente a parecerse cada día más al carácter de Dios.

Porque una verdadera Ezer Kenegdó no disminuye al hombre…

Lo inspira a convertirse en el mejor hombre que puede llegar a ser.


Eduardo Legarreta.

Escritor del libro

“Kábala Cuántica: materializa tus sueños.”

Organizador de protocolos y banquete para eventos.

Líder radiofónico en “Cuéntame tu historia”.

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